Que no se apague el fuego

“QUE NO SE APAGUE EL FUEGO”

(LEVÍTICO 6:12-13)

Es muy interesante observar en la Biblia las diferentes representaciones que se le asignan al fuego en relación con Dios. Permítanme enumerar algunas de ellas:

(1)Representa la gloria de Dios: “Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él…” (Daniel 7:9-10).

 (2)Representa su Santidad, Poder y Celo: “Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso” (Deuteronomio 4:24).

(3) Representaba la aparición de Dios a sus siervos, como en el caso de Moisés: “Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía”(Éxodo 3:2).

(4) También guiando y protegiendo a su pueblo: “Y Jehová iba                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin  de que anduviesen de día y de noche. Nunca se apartó de delante del pueblo la columna de nube de día, ni de noche la columna de fuego”(Éxodo 13:21-22).

(5) Cuando visitó a Israel y les dio los diez mandamientos:“Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera” (Éxodo 19:18).

(6) A nuestro Señor Jesucristo se le describen sus ojos como llama de fuego: “Y escribe al ángel de la iglesia en Tiatira: El Hijo de Dios, el que tiene ojos como llama de fuego, y pies semejantes al bronce bruñido, dice esto:”(Apocalipsis 2:18).

 (7) Al Espíritu Santo también se le representa por medio de lenguas de fuego: “y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos” (Hechos 2:3). Sí. El fuego tiene un lugar de honor a la hora de representar a nuestro Dios. Pero también juega un papel importante al representar al pueblo del Señor y su servicio al Dios Altísimo. Por esta razón, el apóstol Pablo conminaba a su hijo espiritual Timoteo para que avivara el fuego del don de Dios que habían en él:“Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos” (2 Timoteo 1:6)

En nuestro pasaje, Dios pedía a los sacerdotes israelitas que no dejaran que el fuego del altar se extinguiera. Día y noche, constantemente, ellos tenían que estar echando leña al altar a fin de mantener aquel fuego avivado. Es lo mismo que nos pide el Señor hoy. Que no se apague el fuego espiritual en nuestra vida cristiana, que no lo permitamos, que no lo dejemos extinguirse. ¿Habrá algo en lo cual estamos dormitando y por consecuencia el fervor está palideciendo? Si somos honestos contestaremos que sí. El rey Ezequías pudo ver cuatro aspectos en los cuales el avivamiento espiritual del pueblo de Israel iba menguando. Leamos lo que él dice: “Porque nuestros padres se han rebelado, y han hecho lo malo ante los ojos de Jehová nuestro Dios; porque le dejaron, y apartaron sus rostros del tabernáculo de Jehová, y le volvieron las espaldas. Y aun cerraron las puertas del pórtico, ya pagaron las lámparas; no quemaron incienso, ni sacrificaron holocausto en el santuario al Dios de Israel” (2 Crónicas 29:6-7). Según el versículo siete son:

(1) Cerraron las puertas del pórtico.

(2) Apagaron las lámparas.

(3) No quemaron incienso y

(4) No sacrificaron holocaustos en el santuario al Dios de Israel. Al igual que Ezequías, nosotros también debemos darnos cuenta que también en estos cuatro aspectos estamos aflojando el paso. Meditemos juntos en ellos y en por qué no debemos permitir que se apague nuestro fuego espiritual.

  Ezequías dice: “Y aun cerraron las puertas del pórtico…”. Eso significa que ellos cerraron las puertas del templo. Dejaron de acudir al templo, dejaron de asistir, dejaron de alabar a Dios, dejaron de darle gracias, dejaron de adorarlo. La primera adversidad para que haya un avivamiento es nuestra inasistencia a los cultos, nuestra ausencia en la adoración, en la alabanza y en la acción de gracias. ¡Decidamos ser los hombres y mujeres más fieles que el Señor pueda encontrar! Nuestro Señor escribió una carta ardiente a una iglesia tibia, la de Laodicea. Aquella iglesia ni era fría, es decir, no se atrevía a abandonar la fe de Cristo y declararse abiertamente en su contra; pero tampoco era caliente, es decir, no se entregaba plenamente a ÉL. Dios no quiere cristianos tibios. La tibieza es algo repulsivo para Dios, ÉL la rechaza plenamente. ÉL le dijo a aquella iglesia: “… te vomitaré de mi boca”. Hay iglesias tibias en su fidelidad en la adoración y en la alabanza, en la acción de gracias, que realmente el Señor no puede, ni quiere usar en su Obra. ¿Seremos una de ellas? ¿Quitará el Señor nuestro candelero de su lugar porque hemos permitido que la desidia y la comodidad nos gobiernen? ¡Cuidado, Hermanos! Cada vez, más de nosotros está dejando de asistir a los cultos vespertinos, a los cultos de oración, al estudio bíblico. ¡No permitamos que se apague el fuego de la adoración! Vuelve a decirnos el rey Ezequías: “… y apagaron las lámparas…”. Los judíos apagaron las lámparas del santuario. El lugar de la iluminación espiritual estaba oscuro. Eso significa que ya no hubo luz espiritual que alumbrara sus mentes, sus espíritus y sus vidas. Quizá podamos deducir aquí que la segunda adversidad para que haya un avivamiento espiritual es apagar la luz de la Palabra de Dios, la cual es lámpara que alumbra nuestro camino. La misma Biblia da testimonio de eso: “Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). En otro pasaje también dice:“Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz, Y camino de vida las reprensiones que te instruyen” (Proverbios 6:23). Démosle el lugar que corresponde a las Sagradas Escrituras tanto en nuestro devocional personal como familiar y ella será como una “… antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones” (2 Pedro 1:19). ¡Que no se apague el fuego de la Palabra de Dios ardiendo en nuestros corazones!  Ezequías agrega: “… no quemaron incienso…”. Los israelitas también dejaron de quemar incienso. Es decir, dejaron de orar. El lugar de intercesión en oración estuvo silencioso. La tercera adversidad para que haya un avivamiento espiritual es dejar de orar. Hacemos a un lado este enorme recurso de Gracia. Desestimamos el pasar momentos preciosos con el Señor, menospreciamos el poder de la oración, invertimos nuestro tiempo en otras ocupaciones menos importantes. Hoy debemos dejar esa apatía por la oración y convertirnos en los hijos e hijas de oración que el Padre Celestial anhela. ¡Que no se apague el fuego de la oración! Ezequías finaliza: “… ni sacrificaron holocausto en el santuario al Dios de Israel”. El pueblo de Dios dejó de sacrificar holocaustos en el santuario al Dios de Israel. Eso significa que el lugar de la consagración sacrificial estaba frío. La cuarta razón que impide que haya un avivamiento espiritual es cuando dejamos que la frialdad invada nuestro corazón. Dejamos que se apague el fuego del amor fraternal, el fuego del evangelismo, el fuego del servicio a los que nos rodean. Necesitamos avivar ese fuego del don de Dios que está en cada uno de nosotros. Necesitamos reconocer las cosas que obstaculizan y detienen nuestro propio avivamiento. ¡Que el Señor encamine nuestro corazón a avivar el fuego espiritual y no permitir que se apague nunca! ¡Así sea! ¡Amén!

 

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